sábado, 9 de junio de 2012

HISTORIAS DE UNA INFUSIÓN ENRAIZADA EN LA CULTURA ARGENTINA

Cuando llegaron los españoles al Nuevo Mundo, pronto descubrieron el mate de los guaraníes. Diferentes fuentes citan varios conquistadores que supuestamente “descubrieron” el mate, pero lo más común es atribuirlo a Hernando Arias de Saavedra, que en el año 1544 observó a los guaraníes usando la yerba mate.
Luego, los jesuitas tuvieron un papel decisivo en el aumento del mate, porque empezaron el cultivo organizado de la yerba mate: “introdujeron el cultivo en algunas de sus “reducciones” o “misiones” en el nordeste de la Argentina y el Paraguay. Con todo esto, el consumo se extendió más.
Ya en 1810,  en las clases altas de la colonia, el mate tenía un papel interesante en el cortejo formal entre amantes, porque servía como un lenguaje oculto entre ellos.
Se cree que este lenguaje funcionaba de la siguiente manera: el hombre tradicionalmente venía a cortejar a la dama en su casa (la casa de sus padres), pero ellos nunca podían hablar solos. La novia le servía mate, y entonces se desarrolló este lenguaje, para comunicarse a través del mate.
Por ejemplo: Mate dulce: Amistad - Mate muy dulce: Habla con mis padres (sobre el casamiento) - Mate muy caliente: Yo también estoy ardiendo de amor por ti - Mate con té: indiferencia - Mate hirviendo: odio. Obviamente ya no se usa este “lenguaje del mate”, pero sin dudas, es un fenómeno muy interesante en nuestra historia.
Existen algunas supersticiones asociadas al uso de la yerba mate, y en general tienen que ver con la posibilidad de que el mate, al ser compartido, pudiera ser vehículo de envenenamientos o brujerías. Una de estas supersticiones fue diseminada por los jesuitas, en la época en que buscaban erradicar el uso de la yerba mate. Esparcieron el rumor de que los guaraníes introducían en la yerba mate sustancias extrañas, venenos o hierbas que podían provocar males (diarreas), entre ellos el temido “mal de ansias”, o incluso provocar la muerte.
Con el tráfico de los esclavos traídos del África, los daños temidos se desplazaron del cuerpo al espíritu: el mate se presentaba como un medio ideal para las brujerías y los maleficios. La única forma de evitarlos, suspender el uso del mate no parecía ser una posibilidad, era a través de una contra-brujería que consistía en escupir los primeros tragos por encima de los hombros. Hoy se sigue escupiendo el primer mate cebado (mate zonzo).
Un ejemplo claro de esto, era el significado, por completo diferente, que se atribuía al ofrecimiento de un mate amargo: para el gaucho ser invitado con un mate amargo, era siempre una cortesía y una muestra de hospitalidad. Pero en los salones, donde la norma era beberlo dulce, que el mate ofrecido fuera amargo era una clara señal, de que el visitante no era bienvenido, o de que había llegado demasiado tarde.
A principios de siglo XIX se servía el mate en ayunas, casi siempre en la cama en las clases de elite, donde la esclava o negrito que lo servía, caminaba como correo, de la cocina a la sala o dormitorio y nuevamente de allí a la cocina. En la campaña el bajo pueblo se levantaba al amanecer y lo primero que se hacía era avivar el rescoldo del fuego y poner la pava para tomar unos “mates cimarrones” (amargos), antes de salir a trabajar al campo.
Existe una curiosa y divertida leyenda, que se ha trasmitido como una tradición oral, sobre el refrán “como el mate de las Morales”. A principios de la Confederación Argentina, la juventud ilustrada de Buenos Aires divulgó en su emigración, por todos los ámbitos de América, este refrán esencialmente porteño.
Cuentan que por 1836, vivían a la altura de las chacras de Escalada y Sáenz Valiente, (en el camino que conduce a San Isidro) la viuda de Don Morales y sus tres hermosas hijas casaderas. La pobreza del rancho donde vivían y la escasez de los tiempos que corrían, impulsaban a las tres muchachas a la necesidad de conchabarse con algún vecino rico, para poder afrontar los gastos del mate y de un cigarro (que en esos tiempos acostumbraban las campesinas o puebleras).
A una distancia de 25 varas del rancho (casi 21 metros), se alzaba un frondoso ombú (que parecía colocado allí oportunamente) tan cerca del camino real por donde transitaban numerosos viajeros, que diariamente cruzaban a caballo, hacia los pueblitos de la costa.
Era moda en ese entonces ir de cabalgata y paseo a San Fernando y San Isidro, puesto que la juventud porteña, como Cané, Fidel López, Alberdi, Gutiérrez, Tejedor y tantos otros, no podían reunirse en Buenos Aires, aprovechaban los paseos para reunirse solitariamente en el campo, para hablar de Rosas y la mazorca y divertirse sanamente. Ellos cuentan que, detenida la cabalgata bajo la sombra fresca del gigante ombú, se veía salir del ranchito a la viuda de Morales o a alguna de sus lindas hijas, acercárseles con gesto bondadoso saludar y ofrecer un rico matecito que ellas mismas les traerían y servirían con gusto. Ante tan incitante invitación, por supuesto nadie se negaba, pero el gustoso mate nunca llegaba, después de una larga espera, y ya refrescados los caballos, continuaban la cabalgata, con la ilusión del prometido mate de las Morales. Ninguno de aquellos jóvenes que a diario se detenían al pie del ombú, llegó a recibir el ansiado mate y como fueron muchos los chasqueados, el asunto de “el mate de las Morales” llegó a convertirse en refrán o frase picaresca, que se aplicaba a las promesas no cumplidas y a las cosas que no llegan, ni temprano ni tarde.

La infusión es la bebida más tomada del país y está presente en el 92% de los hogares, sin distinción de clases sociales ni edades. El Senado de la Nación aprobó el proyecto presentado por le senador misionero Eduardo Torres que establece la declaración del mate, como Bebida Nacional y parte de la historia y cultura de los argentinos.

Fuente: http://www.barriada.com.ar/

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